Nacho y Elena tienen veintitantos años y viven en la parte del día que nadie mira: la que va de la medianoche al amanecer.
Se mueven por la Ciudad de México en un Tsuru rojo que no es de ninguno de los dos, entre tianguis cerrados, gasolineras, tiendas de conveniencia recién abiertas y calles mojadas donde el neón se repite en el asfalto. Su amistad es lo único que se sostiene: todo lo demás —el dinero, la familia, el consumo, el cuerpo— está en proceso de desprendimiento.
Nacho lleva toda la vida mirando hacia arriba. De niño se convenció de que no pertenecía aquí y de que un día vendrían por él. Esa certeza infantil se volvió adulta de la peor manera: se transformó en una forma de consumo, en la búsqueda de un despegue químico que cada vez tarda más en llegar y cada vez lo deja más lejos. Elena lo sabe, lo acompaña y lo detiene, hasta donde puede. Ella también está peleando algo, pero lo suyo no busca salir del planeta sino sobrevivir en él.
Lo que la serie sostiene hasta el final es una ambigüedad deliberada: la sobredosis y la abducción se filman como el mismo acontecimiento. Un cuerpo en el piso de un baño y un cuerpo suspendido en un haz de luz son el mismo plano visto desde dos creencias distintas. La ambulancia y la nave llegan por la misma calle.
Al final queda lo mismo en los dos casos: la ciudad exactamente igual, el coche donde estaba, y un asiento vacío al lado de Elena.
MIXAMATOSIS no propone una explicación. Propone que para alguien que nunca quiso estar aquí, irse siempre iba a parecerse a ser rescatado.